La Purga

28 junio 2022 Escrito por: Paulina Flores

Iba a ser una noche especial: mi mejor amiga de la universidad, Camila, estaba de visita en Chile con sus parejas y celebraríamos Halloween en una fiesta clandestina de música electrónica. No nos veíamos hace cuatro años, pero nos escribíamos cada tanto y aunque ambas habíamos cambiado, el cariño parecía seguir intacto.

A mí, la verdad, me gustaba bailar reggaetón, pero como Camila vivía en Berlín y era fanática del techno, me sentía con la responsabilidad moral de mostrarle un lugar que estuviera a la altura de los clubes del distrito Kreuzberg donde ella vivía. Fue mi amigo Diego el que me habló de la fiesta La Purga, y aunque él también prefería el perreo, decidimos que, ya que se trataba de la Noche de Brujas, unos beats más oscuros nos vendrían a la perfección. Además, queríamos tomar éxtasis y todo el mundo decía que con las pastis la música electrónica resultaba más entretenida.

Marihuana llevaríamos como siempre y coca por si acaso (como siempre), así sólo quedaba comprar los accesorios para nuestros disfraces. Salí al centro por unos lentes de contacto rojos y pintura blanca para hacerme unos puntitos en el rostro que complementarían con un vestido de encaje negro que nunca usaba. 

Hacía poco había quedado horrorizada con un documental sobre el genocidio a los pueblos originarios de Tierra del Fuego, así que se me ocurrió la genial idea de “disfrazarme” tomando como referencia los patrones de la pintura facial de las mujeres Selk`nam, a modo de homenaje. No reparé en que mi intención anticolonial resultaba bastante ridícula considerando que iba a participar de una celebración del imperialismo estadounidense –sin contar la evidente apropiación cultural–. Por suerte, Mati, mi pololo, no fue muy diestro con los pinceles y el resultado final no se asemejaba en nada a la foto de 1920 tomada por el sacerdote y antropólogo Martín Gusinde en que me había basado. Además, como no tengo la costumbre de maquillarme y siempre me ando toqueteando la cara, los puntitos se corrieron enseguida y más parecía una niña sobreprotegida, con manchas blancas de bloqueador.

La Purga
La Purga

Colocarme las lentillas rojas también resultó ser bastante más complicado de lo que imaginaba. De hecho, una se dobló en el intento y sólo logré ajustar la del ojo izquierdo después lagrimear unos quince minutos –lo que trajo como consecuencia que la pintura blanca se me corriera aún más–.

Con tanto imprevisto y las esperables impuntualidades, la previa en la casa de la mamá de Camila duró menos de lo esperado (si queríamos pagar la mitad de la entrada debíamos llegar a la casona antes de las 12). De ahí partimos: Camila y sus parejas: Anna, Elies y Adan más dos amigos que nunca había visto, Mati y yo. En la micro nos encontramos con un amigo tatuador que iba a otra fiesta. Desestimamos jalar la línea de ketamina que nos ofreció, pero nos bajamos las cervezas y el vino que nos quedaban.

Aunque la fiesta era “clandestina”, era bien sabido que solían hacerse en una casona vieja entre Cumming y Plaza Brasil. De hecho, cuando vi la fachada verde limón, recordé que ya había estado ahí un par de veces antes.

En la fila nos juntamos con Diego y su amigo Gonzalo, con quien se comía a veces y mi otra mejor amiga de la universidad, Marcela.

Ocupábamos 11 espacios en total, pero lo más probable es que dentro nos encontráramos con más gente conocida, ya fuera porque los conocíamos de verdad o porque los seguíamos en Instagram. El ánimo general del grupo era entusiasta, como un fuego artificial expectante ante su pronta explosión luminosa. Yo también estaba ilusionada con pasar una noche memorable, pero al mismo tiempo, muy ansiosa. En primer lugar, por Camila. Sé que es ridículo, pero no quería que se aburriera: que los djs o el carrete chileno le parecieran insulsos. Evidentemente iban a parecerle insulsos después de vivir en Nueva Zelanda, Italia y Berlín, pero igual me daba una especie de complejo de inferioridad que extrañamente convertía en un asomo absurdo de patriotismo: un “aquí también lo pasamos a toda raja”. Supongo que en el fondo hablaba de mis propios reparos con Santiago y Chile, y el hecho de que hace tiempo yo misma intentaba escapar del país con alguna beca estatal sin obtener resultados, o sea, fracasando en cada intento.

Con tanta gente extasiada alrededor, no habíamos tenido tiempo de hablar con Camila. Y como yo tampoco me manejaba mucho con el inglés, apenas si había podido sonreírle a sus parejas sin sentirme estúpida.

Sumado a los nervios de cumplir con las expectativas que yo misma había prometido a mi amiga, y la tarea descomunal de hacer pasar a Santiago como una ciudad increíble, también me sentía inquieta por cómo iba a ser la experiencia con el éxtasis. Se suponía que era la droga del amor (o mis referencias eran muy noventeras), y lo que yo y Mati esperábamos –aunque sin expresarlo directamente–, era encontrar a la tercera persona perfecta para un trío. Solo habíamos hecho uno y en las circunstancias menos ideales. Si no lo lográbamos, también me inquietaba la forma en que nos comportaríamos: ya habíamos abierto y cerrado tanto la relación, que el pacto sexo-afectivo se parecía a esos candados de plástico de los diarios de vida infantiles: ni cerraba ni abría bien.

Para distraerme de toda esa abrumadora presión, y ya que la fila para entrar no avanzaba ni un poco, volví a preguntarle a Diego quién ponía música esa noche.

–A la única que cacho es a la Andrea Paz –respondió mientras sacaba el celular para mostrarme el flyer de la fiesta.

–Ella es seca –dije, aunque en realidad no tenía idea de quién era.

–También va a estar la Catarsis.

–¡La amo! – y esta vez sí que era cierto. Catarsis era un artista visual que habíamos conocido en un par de fiestas anteriores. Tenía unas piernas que llegaban al cielo y solía dragearse con unos labios rojísimos, lentes de contacto blancos y calva excitantemente rasurada. A Diego, Mati y a mi nos encantaba y siempre intentábamos meterle conversa desde el subsuelo.

–Las visuales las va a poner dj Fracaso.

–Full nuestra onda.

–¿Cómo es que se llama la fiesta? –preguntó Marcela.

–La Purga, volumen 6: puertas del infierno –leí yo del flyer.

–Purga, eso es como pa ir al baño ¿o no? –dijo Diego.

–Yo pensaba que era por una película de terror…

–La palabra viene del latín purgare, que significa “limpiar, purificar algo” –comentó Marcela con su usual tono ilustrado y haciendo tintinear las tiernas antenitas con arañas tipo cotillón que llevaba por disfraz. A continuación, buscó la referencia en su celular y nos leyó en voz alta: –El purgatorio para los católicos es un estado (¿o lugar?), de gran sufrimiento espiritual, pero temporal, al cual entran las almas de quienes al momento de morir, sólo tienen pecados leves (veniales) que no hayan podido confesar, para recibir el perdón por esa vía. Al purgar sus pecados, las almas se purifican, de manera que se hagan merecedoras de entrar al cielo y disfrutar eternamente la presencia de dios.

–Justo lo que necesito –comenté con una risita.

–¿Disfrutar de la presencia de dios eternamente?

–Muuuuxxxo –soltó Diego.

Cuando entramos fue como si abrieran las puertas de fantasilandia: corrimos a la pista de baile, tomamos media pastilla y esperamos a que la fila del efecto avanzara. El grupo quedó reducido a Marcela, Mati y yo (el resto se dividió según preferencia de juego) y después de que mi pololo repitiera por enésima vez que las pastillas (decir “pasti” me suena incómodo) eran de calidad porque tenía un amigo dealer, comenzamos a bailar. Yo moví el cuerpo al ritmo de las siguientes preocupaciones: 1) que la droga hiciera efecto, 2) que la música electrónica me gustara, 3) que Camila lo estuviera pasando bien. Cada tanto la miraba para corroborarlo –bailaba muy profesionalmente y más cerca del dj–: parecía feliz. En cuanto a los primeros dos puntos, ninguno de los tres lo consiguió, así que tomamos un cuartito más de éxtasis y fuimos por unas chelas.

Conversamos, bailamos, tomamos otro cuartito. Supongo que ya empezábamos a drogarnos, pero repetimos la dosis, la conversación, la chela y el baile. Vimos pasar a la Catarsis. Otro cuartito. Luego, (no sé cómo, aunque probablemente lo inicié yo), estábamos dándonos besos con la Marcela. A continuación, ella con Mati, y al final besos de a tres. Decíamos cosas sobre la plenitud de la vida, y nos tocábamos los brazos. La música me gustaba de verdad. Tras tomar un nuevo cuartito, dos personas comenzaron a realizar suspensiones corporales. Tenían ganchos en la espalda que subían hasta el cielo y gritaban cosas como “¡Fuego!” o “¡Celebremos el dolor!”. Nosotros tres quedamos aterradoramente cerca, pero no nos alejamos, sacamos el celular y grabamos historias para instagram. Después de eso fuimos por más copete y yo me perdí del grupo.

En realidad, debí haber decidido separarme intencionalmente de ellos, porque a los pocos minutos estaba hablando con Camila. Estoy casi segura de que, al principio, la conversación fue bacán, tal como cuando teníamos 20 (aunque debí haberle preguntado como mil veces si lo estaba pasando bien), pero al adentrarnos en el presente, todo se puso confusamente conflictivo. Camila me contó sus penurias en Berlín: que todavía no se manejaba con el alemán, que tenía que trabajar preparando cafés y que la discriminaban.

–¿O sea que no erí cuica en Europa? –le pregunté yo, no sé por qué y con una risita en los labios.

–¿Qué?

–Nada, es broma.

–Ya vai a empezar con la wea.

–¿Qué wea? Pero si eri cuica, por eso hai podido viajar por el mundo.

–Contigo siempre es lo mismo, weón. Erí tan desubicá.

–Si era chiste, perdona.

–Tu error de siempre.

–Perdona, de verdad era chiste.

–Tú erí el chiste. Ya me habían dicho que estabai loca: Siempre impredecible y siempre borracha. Eri una persona que se cree el oyo con muy poco, porque supuestamente erí genial y la wea.

–¿Estai segura que tomaste éxtasis?

–Chao no más, estai incivilizada, no te quiero cerca. Anda a ser salvaje con otra gente.

Por suerte no lloré. O sea, lloré un poco, pero en el baño. Nadie me vio, y con el techno tan fuerte, dudo mucho que alguien escuchara. Cuando abrí la puerta, Marcela me esperaba apoyada en la pared con sus antenitas de arañas tintineando. Creo que fue entonces que me di cuenta de que me gustaba hace mucho tiempo, pero también supe que ella no sentía lo mismo por mí, así que lo que hicimos a continuación fue reírnos y sacarnos selfis. La dejé con la excusa de buscar a Diego, pero me quedé cerca de la barra mirando un colales de látex como por dos horas.

Diego y Gonzalo estaban sentados en el suelo y yo me tiré a sus piernas a contarles la discusión con Camila: “Es que yo sé que la cagué, pero te juro que no puedo evitarlo. Soy resentida, sentimental y políticamente. Tengo odio en mi corazón. Los odio. Odio a los cuicos, los odio, los odio, los odio. Me inseguriso al tiro y creo que me están mirando en menos. Como que hago cortocircuito. Además, como el Mati también es cuico, me ha costado mucho adaptarme a ese mundo. Porque antes la única persona cuica que conocía era la Cami, y en verdad no es tan cuica… ¿Hay cachao esas películas en que dos personas que son de clases sociales diferentes se enamoran?

–¿Como Titanic? –preguntó Diego.

–Sí, como Titanic. Siempre muestran la parte en que es difícil para la gente rica aceptar al pobre, pero nunca el otro lado, las escenas en que la persona pobre no se puede adaptar y odia a los amigos de su pareja.

–Te cacho.

–Y la Cami me dijo cosas tan feas que me da pena.

–Pero es que tenía rabia, te las dijo pa herirte, como en una pelea. El objetivo es pegarte un combo o una patada, ¿cachai?, hacerte daño.

–Y también me da pena porque siempre ataco con lo mismo. Yo sé que soy resentida y que me creo la raja, pero no es nada personal, siempre he sido así. Sería así hasta con Obama.

–¿Con Michelle o con Barack? –preguntó Gonzalo.

–Con los dos… ¿Seré así de mala porque mis músicos favoritos son Morrissey y Kanye West? ¿o porque de chica me gustaba Vegeta?

–Bueno, pero no sacas nada con darte latigazos en la espalda. Si ves que te equivocas siempre en lo mismo y que es un patrón, deberías trabajar en eso.

–Sí, es verdad.

–Además, las dos tuvieron la deferencia de no agarrarse a combos.

–¿Porque somos mujeres? –pregunté con recelo.

–Porque son amigas.

–Sí, es verdad. Gracias Diego. Eres una persona muy sensata.

–De nada, pero no lo soy tanto –afirmó él y apuntó con los ojos hacia Gonzalo.

Entonces yo empecé a darles jugo sobre por qué no se comían definitivamente o por qué se comían si eran amigos, y tres minutos después estábamos agarrando con Diego. Aunque con mucho cariño.

Para finalizar, me di besos con un absoluto desconocido hasta que Mati me tocó el hombro y dijo: “Ya po, cortala”. Volvimos a la pista de baile donde esperaba Marcela y bailamos y cantamos a todo pulmón al ritmo de:

Al abrir los ojos, vi a Camila bailando a un par de metros. Me acerqué y le pedí disculpas de todo corazón.

–Me disculpo de todo corazón –dije.

–Si yo sé que en el fondo fondo, no es de mala onda. Pero no te excusí diciendo que lo decí de broma, porque son fomes, ¿cachai?

–Sí.

–Perdóname por decirte salvaje.

–¿Ah?, Yo pensé que era un piropo…

Camila negó con la cabeza.

–Tu dices esas cosas de que soy cuica, pero yo tuve que irme de Chile, ¿cachai?, tuve que irme para poder hacer cosas muy básicas, como enamorarme.

–Yo también pensé lo mismo… pero igual dolió que te fueras.

Después de eso (no sé cómo, aunque probablemente por mi iniciativa), comenzamos a darnos besos. Para cuando me di cuenta, una de las pololas alemanas me estaba tocando el poto y separé la cabeza con un ataque de risa.

Camila me dijo que ya se iban y me propuso ir con ellas.

–¿Quieres irte de aquí? –preguntó.

–No, me quedo un rato más.

Luego todo fue como un sueño. Como si la fiesta hubiera sido un sueño muy largo, de un año entero. Pero duró menos. Cuando salimos por fin a la calle y dejamos La Purga atrás, nos dimos cuenta de que sólo habían pasado 352 días. Algunos pájaros cantaban al alba y mi pelo, mis ojos y mi postura se veían como si un murciélago hubiera carreteado durante 352 días seguidos, o eso fue lo que me dijo Diego. Nos sacamos una selfie y con la última línea de batería del celular revisé instagram. “Estoy muy asustada por lo que está pasando por allá. Da señales de vida”, decía el último mensaje de Camila y por sus fotos supe que llevaba bastante tiempo en Berlín.

Del grupo, sólo quedábamos Marcela, Diego y yo. Estábamos exhaustos, pero igual decidimos caminar hasta el metro Plaza de Armas.

Marcela fue la primera en darse cuenta de que ocurría otra cosa extraña: “Los muros”, dijo. “Están todos rayados”.

Al doblar en la siguiente esquina encontramos una iglesia incendiándose. Nos quedamos mirando las llamas por varios minutos, intensamente; estudiándolas y disfrutándolas al mismo tiempo. Profundamente sobrecogidos, divertidos. Más arriba, el humo negro, casi a punto de teñir las nubes blancas.

–¿No se suponía que después de la Purga venía el cielo? –soltó Diego algo confundido.

–¿Tú dices por el fuego?

–¡Y qué si el infierno!, se siente bien –aseguró Marcela tras un suspiro largo.

–¿Irse al infierno es cómo fracasar? –pregunté yo con inseguridad.

–¿Fracasar? –repitió Diego –¡Qué fracasado de mierda habrá inventado esa estupidez!

–Lo importante es que estamos en un lugar diferente. Sigamos.

Más adelante encontramos barricadas, personas corriendo y olor a lacrimógenas.

Diego compró un silbato a un vendedor ambulante, Marcela una bandera azul y yo una cerveza de medio. Mientras avanzábamos, fuimos leyendo lo que decían los muros: “No estamos en guerra”, “Milicos fuera”, “Vagina”, “Al Camilo lo mataron por la espalda”,  “Siempre puta nunca yuta”, “Aborta tu paco interno”, “Memoria lésbica: Nicole Saavedra / Mónica Briones”, “Frente patriótico baila pikachu”, “Piñeravirus”, “ACAB”.

–Ese último lo cacho –afirmó Diego.

–Miren allá –dijo Marcela, mientras atravesábamos la Plaza de la Constitución. –Ese árbol se llama Ginko biloba. Es japonés y existe hace 250 millones de años.

Nos acercamos a verlo: las hojas eran de un verde claro y tenían forma de cola de sirena.

–Se supone que sobrevivió a la bomba atómica de Hiroshima, o sea, brotó un año después, entre las ruinas de un templo budista. Por eso se le considera un símbolo del renacimiento–nos informó Marcela, con sus antenitas de arañas ya en la mano.

–Aquí dice que el extracto de las hojas también ayuda a la memoria–agregó Diego, mostrándonos su celular.

–¿Cómo andan de memoria después de anoche?, ¿nos llevamos un par de hojitas? –propuse yo.

–“¿Será este árbol extraño algún ser vivo que un día en dos mitades se dividiera? –nos recitó Marcela:

“¿O dos seres que tanto se comprendieron, que fundirse en un solo ser decidieran?”

Mati se nos unió por Moneda. Venía con una máscara para gases, antiparras. Traía protección para los tres y también una mochila llena de latas de sprays, que nos enseñó a usar. En el metal que tapiaba la vitrina de un banco, escribí: “Aquí hubo normalidad”. Diego le agregó un signo de interrogación y Mati uno exclamativo.

Hicimos el resto del camino rayando. Cuando al fin llegamos al metro, encontramos una de esas bicicletas que se arriendan humeando en las escaleras. La estación estaba cerrada, sepultada bajo una pila de piedras.

–¿Y, seguimos? –preguntó Marcela.

–Como decía en esos rayados po.

–¡Con todo sino pa qué!

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