Todavía en virus y mareas sociales


Por Isidora León


En su trabajo “Micropolíticas: Cartografías del deseo”, Suely Rolnik nos adelanta que el capitalismo -y sus mecanismos de poder-, se sostiene como una subjetivación cultural, esto es, describe los deseos individuales -éxito, belleza, felicidad- y traza el camino para satisfacerlos. Nos habla de “​una poderosa máquina capitalística que produce incluso aquello que sucede con nosotros cuando soñamos, cuando devanamos, cuando fantaseamos, cuando nos enamoramos, etc. En todo caso, pretende garantizar una función hegemónica en todos esos campos”​ (Rolnik 29). La herramienta política del capitalismo es el uso y control del cuerpo como zona de disciplinamiento. Ese espacio de control se remite a lo que Foucault llamó lo biopolítico donde se regula el control de la vida -registros civiles, toques de queda, represión militar- y la muerte -eutanasia, pandemias, guerras- como control de la vida -aborto, matrimonio, medicina- como mecanismos de gestión de poder. Esa gestión política de los cuerpos se ejerce tanto en el cuerpo colectivo, el cuerpo enfermo, el cuerpo reproductor, el cuerpo político como también en el cuerpo público.


Ese modelo se ha ido perfeccionando a lo largo del tiempo y en Chile se consolida a partir de la dictadura del gobierno de Pinochet. Desde ahí se ha ido constituyendo una contra-respuesta de resistencia y transformación de parte de los individuos, ya no como sujetos, sino como masa colectiva. La misma masa que se dio cuenta de que habitamos un sistema político y social que constituye individuos aislados de su entorno y habitan un modelo económico que perciben como insostenible.


Lo que propone el colectivo es romper los límites que disciplinan los cuerpos. Jugar con una pérdida del yo, del sujeto individual, y establecer un nuevo orden social. Frente a la disputa por su regulación, el cuerpo no se mantiene inactivo, más bien elabora diferentes contra-efectos para producir fugas de lo normativo.

Una de los primeras muestras en Chile de resistencia organizada al disciplinamiento del cuerpo fueron las acciones de arte del CADA, colectivo de arte fundado en dictadura por Lotty Rosenfeld (artista visual), Diamela Eltit (escritora y performer), Fernando Balcells (sociólogo), Raúl Zurita (poeta) y Juan Castillo (artista visual). Performance, poesía visual, acciones de arte en la calle fueron algunas de las zonas de exploración del CADA. En particular nos interesa abordar la acción de arte NO+, por el fuerte impacto y repercusión que tiene hasta el día de hoy frente al disciplinamiento del capitalismo.



“No +”, acción de arte que surgió en 1983, a diez años del golpe de Estado fue un llamado a artistas de todo el mundo que convocó a salir a las calles durante quince noches consecutivas, tras el toque de queda, para marcar la fecha sobre el soporte urbano. El propósito del No+ fue dejar una consigna abierta en los muros de la ciudad que revelara el cansancio frente a los abusos de la dictadura. Su estrategia fue la ruptura del encierro dentro de Chile rompiendo con los dictámenes del toque de queda.


Con la acción de arte del “No +” vemos cómo hasta el más mudo de los graffiti es un lienzo para comenzar una disputa abierta e histórica. Los rayados callejeros se volvieron un canal de diálogo vivo entre las personas que atravesaban las calles. Nos hacemos parte de esos muros, de esos mensajes ya que nos relacionamos con ellos, los contestamos y la calle vuelve a tener propiedad colectiva. Así, como activistas o como simples transeúntes nos hacemos parte de un proceso histórico que se inscribe en las murallas. Y aparece la censura como parte activa de esta interacción con la ciudad. Rayados, tapados, rayados sobre rayados, contestaciones bajo los rayados, firmas y tags, graffiti, dibujos, rayados, censura, borrados.


Al respecto Lotty Rosenfeld nos comenta sobre la importancia de esta red de artistas para transmitir el mensaje. La importancia de la conectividad y de replicar el mensaje para tomar conciencia en torno al disciplinamiento del propio cuerpo, y luego del cuerpo colectivo. En ese contexto, es interesante la interacción con las murallas en una ciudad en la que no transitan personas debido al toque de queda.




La muralla es una manera de establecer vínculos relacionales y de formar una red colaborativa entre artista-muro. El muro se personifica como canal de distribución entre los anhelos y deseos de personas cuyos cuerpos son vulnerados por el sistema.


El No+ no solo se vuelve consigna simbólica, sino que también se leía en el resultado del plebiscito del 88’. el No + era la manera de tachar el NO. Votar por el NO era ser parte también del No+. (aspecto relevante visualmente, ya que Chile es el único país en Latinoamérica que se hace un tachado vertical sobre la línea horizontal).


La resignificación del lenguaje se arrastra desde la dictadura, en donde el uso de metáforas era la única forma de comunicar desde el espacio público. Hoy, inmersos en una campaña política similar a la que se vivió en el plebiscito del 88, utilizamos las mismas estrategias para mover masas e impugnar el abuso político.


Desde el “No +” hasta el “Sipo apruebo”, hemos visto puesta en jaque la transición a la democracia. ¿Hubo realmente una transición? Desde el 18 de octubre se dio a entender a nivel nacional la pobreza de tal transición, en donde la impunidad para los involucrados en violación de los derechos humanos, la carencia de una política de memoria a nivel gubernamental, el uso y abuso de la elite dominante, son parte de esta consigna.




Años de transición que se veían terminar por la aparición de un nuevo plebiscito que cambiaría la carta magna de nuestro país. Un plebiscito que se mueve por la consigna Sipo, Apruebo.


Y hoy, con un mundo enfermo, con una pandemia que nos aísla, que nos guarda, vemos aplazada la posibilidad de volver a escribir nuestro futuro político.


En la grave crisis causada por la epidemia de Covid-19, vemos más abruptamente las deficiencias de nuestro sistema de salud, las deficiencias del mercado que nos rige, que nos sube los precios que nos traiciona constantemente, donde de las personas devienen clientes, clientes con una elasticidad enorme ante la histeria colectiva. El No+ se hace vivo, es un cuerpo colectivo que sigue vigente.


Hoy más, que nunca, vemos cómo la precariedad de nuestro sistema de salud, la indolencia de la clase alta, el abuso en los precios, la incapacidad -constitucional- de fijarlos, son precisamente ese espacio clausurado del cuerpo que hoy se deja entreabrir para mostrar sus deficiencias.


Ante la pregunta, ¿es un cuerpo colectivo el que va a nacer a partir de esta enfermedad?, solo cabe recordar que para curar un bosque nativo, se debe actuar como una micorriza, como un gran cuerpo colectivo que alimenta y nutre desde su red. Un rizoma es “un modelo descriptivo o epistemológico en el que la organización de los elementos no sigue líneas de subordinación jerárquica —con una base o raíz dando origen a múltiples ramas, de acuerdo al conocido modelo del árbol de Porfirio—, sino que cualquier elemento puede afectar o incidir en cualquier otro” (Deleuze & Guattari 13).


El llamado es colectivo. Las calles volverán a ser nuestras.








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