"Los cardos" Naomi Orellana

Por Isidora León




La cultura del arte urbano traspasa la noción de mural a la que muchas veces es asociado de forma exclusiva. Hoy en día es posible entender el arte urbano como un esquema complejo de expresiones artísticas, intelectuales, performáticas y sensibles que se sirven de los espacios públicos al mismo tiempo que contribuyen a su articulación.


La literatura ha sido asociada a espacios íntimos y en su mayoría privados tanto desde su creación como en su consumo, sin embargo, la forma en que entendemos los espacios que habitamos también está influenciada y testimoniada por las narrativas e imaginarios colectivos que retratan estos lugares, impregnándolos de sentires, memoria y también estética.


En esta ocasión conversamos con la escritora Naomi Orellana sobre su libro “Los Cardos” que, desde formatos que escapan a las concepciones más tradicionales de la literatura, incorpora el imaginario personal y colectivo de los cuerpos que interactúan desde aquellos espacios que estando a la vista y conciencia de todos, representan aquello que bajo la norma, busca ser invisibilizado; la alteridad que resiste pero al mismo integra a la ciudad.



¿Quiénes han sido tus influencias literarias/artísticas?


Mis influencias artísticas han sido bien diversas, desde Shakira a Raúl Ruiz. Lo que me ha influido artísticamente es la singularidad, cuando puedo ver que hay un universo singular y único, un universo que no conoceríamos si esas personas, esos artistas no hubieran trabajado por hacerlo visible como pasa con Raúl Ruiz o con Clarice Lispector, con José Watanabe, con Javiera Mena, con Ru Paul, con Hija de Perra, con Agnes Varda, Hayao Miyazaki, Luis Buñuel, Maya Deren, Cesar Aira, Miles Davis, Ms Nina, Rebeca Sugar. Ahora más allá de esa singularidad, pasa que siento que puedo conectarme con esos universos, entrar en ellos, perderme y mirar el mundo de otra forma cuando salgo. Nunca me he impuesto estudiar nada por compromiso, porque es tendencia o es lo que hay que saber o conocer. Trato de mantener mi curiosidad alejada de la pretensión.


¿Por qué empezaste a escribir?


Hace poco encontré unos cuadernos de la universidad y me di cuenta que escribía antes de saber que lo hacía. Considerando esto, creo que comencé a escribir por un impulso orgánico y espontáneo. Cuando lo hice consciente y decidí hacerlo público fue cuando tomé conciencia política de lo que significaba escribir y publicar siendo mujer, madre soltera, de clase trabajadora. Y en términos personales cuando me di cuenta del poder que me daba tomar bien esa herramienta y pulirla, y que podía ser destructiva y constructiva al mismo tiempo. Le tomé el peso a lo que significaba escribir y las posibilidades que me brindaba y me lo empecé a tomar en serio. Pero la escritura, como arte, no el personaje de “la escritora”. He sido muy severa conmigo misma en ese sentido.


¿Qué rol cumple el espacio público en tu literatura?



La manera en que una novela retrata o se refiere al espacio público dice mucho de su escritura y de quien la escribe. No sé si puedo referirme a la novela en sí porque sé súper poco de narrativa en general. Por otro lado, creo que en un país como Chile y una ciudad como Santiago el uso del espacio público en el arte no puede no ser político. Una ciudad segregada geográficamente, en que basta mencionar un barrio para hacerse todo un contexto socio cultural. Eso es muy fuerte, y es complejo porque también ha sido instrumentalizado, romantizado y fetichizado. Entonces no basta con escribir sobre barrios populares o situar a tus personajes allí para que tu escritura sea política. Puede incluso resultar efectista y burdo. Y también es un super lugar común, sobre todo en la escritura. Ahora por otro lado retratar el barrio alto también es tremendamente complejo si no se toma una postura crítica, puede ser ofensivo en un país donde el 80% de la gente vive con menos de 500 mil pesos. No estoy para nada segura de lo que estoy diciendo, pero tal vez la cosa va en cómo y desde dónde te paras para mirar y escribir el espacio público, independiente si estás en Santiago Centro, Conchalí o Vitacura. Cómo tu escritura es capaz de politizar los espacios o transmitir la politicidad que hay en ellos (si es que eso es lo que quieres hacer) bypaseando los clichés.


Me interesa mucho la manera en que reaccionas en torno a los roles de género y la sexualidad ¿hay ahí un juego con la inversión de los roles de género en tu obra?


Me costó mucho decidirme a escribir los textos sexuales del libro, en parte porque me daba pudor, pero sobre todo por la desconfianza que me da la categoría de “poesía erótica”, pero a su vez me parecía que era importante que estuvieran, justamente por eso que tú dices. Pero más que una inversión de roles, lo veo como la visibilización de una sexualidad femenina desprejuiciada y sin miedo al sexo. A las mujeres nos enseñaron a tener miedo del deseo masculino hacia nosotras, a veces sin querer, nosotras mismas castramos nuestro poder en ese aspecto. Me parece peligroso que junto con el rechazo al acoso y reconocer la importancia del consentimiento, que es una lucha gigante que estamos ganando, se instale la idea de sentimos vulnerables siempre cuando un hombre nos mira lascivamente o insinúa explícitamente que quiere tener sexo contigo. Creo que perdemos mucho terreno ganado si no desarrollamos y reforzamos nuestro imaginario y potencial como hembras lujuriosas. El Twerk ha sido muy educativo en este sentido.



¿Por qué el libro se titula los cardos? ¿Los cardos tienen una representación en cuanto al género?


No, es más bien una metáfora de libertad, de belleza marginal y resistencia.



Me interesa preguntarte en específico por el poema de los travestis. ¿cuál es la pulsión de escribir desde una voz masculina travestida? ¿Qué mensaje hay detrás de ese poema?


Ningún mensaje, son más bien juegos de escritura. Pero al mismo tiempo un reconocimiento a la feminidad monstruosa que he conocido y compartido junto a mis amigas travestis. Respeto y admiro su arte y su aporte al mundo en términos políticos, creativos y emancipatorios. Es un universo en el que me desarrollé artísticamente. Nunca me sentí cómoda con la feminidad tradicional y apegada a la norma, siempre me pareció una cárcel, pero a su vez en términos estéticos el mundo femenino me parecía mucho más atractivo, rico e interesante, visual y poéticamente. Creo que encontré en el travestismo y el transformismo un lugar donde pude reflejar mi propia feminidad. Para mí, la existencia del arte y del cuerpo travesti encarna y desborda a punta de lentejuelas y strass del persa la máxima de Simone de Beauvoir: “No se nace mujer, se llega a serlo”.


En la presentación te preguntas ¿Qué es un libro? ¿Hay una reflexión ahí en torno a la materialidad?



Creo que en el arte es fundamental preguntarse sobre la materialidad en la que decides trabajar y que te permite crear. Básico. Y con este libro me propuse hacer eso. Una de las cosas que descubrí con el libro anterior, una pista que tenía, era que la escritura, sobre todo la poesía, exigía y a la vez posibilitaba un ejercicio de libertad absoluta. Sin libertad no hay escritura. Pero es una libertad interior. Para escribir necesitas ser libre, aunque sea por ese pequeño rato en que escribes, y con Los cardos, indague y cree desde ahí. Las tachaduras son una duda de edición que quise dejar sin resolver. Cuando editas un texto, al menos yo, corto y borro mucho. Es como ir encontrando los puntos de acuerdo entre la escritura y tú. Y ahí está el arte, sobre todo en la poesía, encontrar los equilibrios, no mutilar, etc. Esa frase no me terminaba de convencer, me parecía soberbia, pero era un poema soberbio también, entonces si la sacaba del todo, perdía esa altivez que sentía que le era propia, se volvía tímido, si la dejaba completamente, encontraba que se volvía arrogante, insoportable. Entonces tachar ese verso y dejarlo así fue la negociación a la que llegué con ese poema.


Las transparencias fueron un inserto de último momento. Cuando estaba resolviendo cómo iba a trasladar de soporte la escritura, del papel a los muros de una galería, encontré un método que me hizo llegar a unas especies de caligramas. Ahí apareció muy fuerte la idea de resistencia. Porque hice un ejercicio extremo de edición. Lo que se puede leer en un papel no necesariamente resiste en el muro. El procedimiento fue: cargarme de las sensaciones que habían dado origen a los poemas y con eso muy vivo comencé a subrayar en el borrador en papel las palabras y las frases que resonaban nítidamente con esas sensaciones. Luego esas frases y palabras destacadas las puse en negrita en el documento en word. Después de hacer eso, puse todo lo demás en blanco, y aparecieron estos caligramas. Lo imprimí, lo pegué como abanico y lo dispuse en los muros del living de mi casa. Ahí comencé a editar el texto directamente en el muro. Una amiga que estaba trabajando conmigo en el proceso lo vio y me exigió ponerlo en el libro. Y pasó que cuando fuimos elegir los papeles, me enamoré de ese papel diamante rosado y ambas cosas se conectaron. Así nació ese inserto, que al menos yo creo que le da toda la personalidad y singularidad a ese libro.


¿Te sientes identificada con la escena de avanzada de Chile? (Pedro Lemebel, DIamela Eltit, Paz Errázuriz, Lotty Rosenfeld), ¿De qué manera?


Uf. Siento mucha admiración por todas ellas, más que identificada me siento agradecida en el sentido en que creo que fueron capaces de, precisamente lo que te comentaba al principio, de construir universos y con ello abrir posibilidades para que pudieran existir otras sensibilidades en el mundo del arte, tan masculino y elitista y en esos años además concentrado en el arte político, expresado en de manera super literal y partidista. La escena de avanzada, bautizada y de alguna manera creada, como corpus, por Nelly Richard abrió un horizonte nuevo para el arte en Chile, le dio la posibilidad de existir y de validarse dentro de las “grandes ligas” a artistas que no tenían ninguna intención de darle en el gusto al “deber ser” del artista comprometido políticamente, que transforma su arte en un panfleto literal y fácilmente decodificable y por lo mismo censurable por la dictadura. En ese sentido la conformación de la “escena de avanzada”, me parece una jugada maestra, noble y astuta. Es un faro que ningún artista que considere que está haciendo arte políticamente puede obviar, para mal o para bien.




¿Cómo ven los personajes de "Los cardos" las relaciones sexoafectivas? ¿Hay alguna propuesta estética desde el lenguaje de la contrasexualidad?


En la poesía se ejerce lo que en la teoría se explica. No estoy denostando la teoría, solo creo que operan de maneras distintas. En Los cardos, hay una postura contrasexual y disidente en términos sexoafectivos, pero es subliminal, implícita. Son personajes que no piden permiso ni se detienen en un discurso que valide o justifique sus prácticas. No pelean por la libertad, la ejercen. Como los cardos, que no piden permiso para salir y en la ranura que queda entre la muralla y el cemento, crecen y ya.



© 2020 by metro21      Santiago, Chile

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