Escena de tarde

Por Natalia Stipo Lara


Cuando el arte ocupa los espacios públicos, genera un impacto e interacción muy distinto al que solemos ver en los contextos de galerías o museos. Una obra de arte en un barrio, enlaza la arquitectura con la orgánica social, genera engranajes que finalmente convergen en nuevos sentires con el espacio que se habita; genera arraigo y sentido de pertenencia. La apropiación del espacio público por medio del arte urbano, tiene el potencial de modificar realidades, ser un agente moralizante e incluso dinamizar la economía de un barrio. Las retóricas del arte contemporáneo en general, si bien muchas veces desafían el orden establecido y se posicionan política y discursivamente, difícilmente generan una conexión tan estrecha con la sociedad como lo hacen las obras que se levantan desde el espacio público.


Hoy, en la calle Copiapó, llegando a la esquina con Portugal, se extiende un gigantesco mural por el costado de un edificio; 40 metros de altura cubiertos con la pintura realista de los artistas Javier Barriga y Francisco Maturana.

En la escena, una señora teje a crochet sobre una mesa en la que, al parecer, se sirvió o se servirá una típica once ; María Antonieta de 72 años es vecina del edificio y costurera del barrio Matta y, desde hace poco menos de 3 semanas, su imagen ha quedado inmortalizada en lo que probablemente sea uno de los murales más grandes –sino el más grande– de nuestro país.


Si bien María Antonieta solía trabajar de forma remunerada como costurera, estos también son oficios que históricamente se le han asignado, e incluso exigido, a la mujer en respuesta al cumplimiento con un estereotipo que la tradición de una estructura sexista, ha intentado hacer pasar por naturaleza. En ese sentido, estas labores domésticas han estado lejos de ser sinónimo de orgullo o emblema para esta sociedad exitista y fuertemente masculinizada. Es por esto que la sencilla escena que se desarrolla en este mural, entraña en su alzamiento monumental, la dignificación del trabajo doméstico, cuyo valor ha sido sistemáticamente invisibilizado.


El colosal mural, que mezcla con maestría las técnicas del spray (Barriga) y la brocha (Maturana), es un claro reflejo del impacto tanto estético como social que puede desplegarse en una obra de arte urbano.


Esta composición en particular, gracias a su magnitud pero sobre todo a su contenido, dialoga con el entorno, con el caminante fortuito y con la comunidad aledaña, de forma simple pero al mismo tiempo desconcertante. La familiaridad es justamente lo que impresiona y atrapa a sus espectadores, pues vivimos inmersos en la dinámica de una ciudad cuyas imágenes, y sobre todo aquellas de gran formato, están al servicio del mercado, el cual utiliza proyecciones idealizadas que grafican lo que, supuestamente, deseamos alcanzar, deseamos llegar a ser o, en resumidas cuentas, deseamos consumir. En contraste, encontrarnos de frente con un inmenso retrato cotidiano de quien podría ser nuestra madre, nuestra abuela, nuestra tía o, incluso, nosotras mismas, es simplemente sorprendente. Muy por el contrario de lo que pretende la publicidad, esta obra no busca generar una necesidad, sino que más bien satisfacerla; ahí donde las estructuras y las apariencias se vuelven cada vez mas impersonales bajo el cometido de la funcionalidad, una pintura nos reencuentra con la belleza de lo común y lo cercano, aquello que indudablemente tiene la capacidad de identificarnos, en mayor o menor grado, a todos.


Durante la cuarentena, producto de la pandemia mundial que aún nos azota, muchas personas, ante la novedad de disponer de tiempo en nuestros hogares o incluso ante la necesidad de mantenernos sanos, decidimos recuperar el ejercicio de estos quehaceres que con la industrialización y el reatil, parecían haberse vuelto obsoletos. Hoy, cuando al fin podemos volver a transitar la ciudad, estos artistas nos sorprende con una obra impresionante y transgresora, pues desafía la estética y la lógica urbana al posicionar, en gran formato, el valor de aquellas escenas que parecían escondidas en el baúl de los recuerdos, pero que pese a todo, aún subsisten.


Como profesional dedicada a los estudios del arte, pienso que Escena de tarde, es el mural más relevante en el panorama del arte urbano actual de nuestro país, sin embargo, bien sé que distinto a lo que sucede en galerías y museos, en este tipo de expresiones artísticas son las personas en su conjunto e independiente de su rubro, las que evalúan y asignan la relevancia a una pieza de arte. Finalmente, como santiaguina, no me queda más que agradecer el arduo trabajo de estos artistas y la gestión de Lira arte público, por esta gran contribución a la democratización del arte y la cultura en nuestro territorio.

© 2020 by metro21      Santiago, Chile

alonso@metro21.cl

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